Macao no sólo fue la primera colonia europea en China, sino también la última, pues los portugueses, esa gente orgullosa, educada y melancólica, no la traspasaron al Gobierno Chino hasta las Navidades de 1.999. O sea, que aguantaron más que los británicos en Hong Kong, con un par.
Precisamente el aeropuerto de la ex colonia británica, húmeda, verde y cosmopolita, es una de las mejores vías de acceso a Macao (Macau), ya que desde el mismo aeropuerto, sin necesidad de salir de la zona de tránsito, se puede abordar en cualquiera de los “ferrys” que zarpan cada media hora, para cubrir el trayecto en apenas cincuenta minutos, a través de un mar que justifica el apelativo de Mar Amarillo.
Macao está a medio camino de un Hong Kong y una ciudad colonial anclada en el tiempo. O, si se quiere, es un Hong King de hace quince años, y ya podemos advertir el impulso regenerador (o degenerador, como luego veremos) y transformador de las autoridades locales, que están cambiando por completo la ciudad, eliminando fábricas obsoletas, industrias caducas, y basando el desarrollo local en la construcción y el turismo, o más bien, en la construcción y el juego.
Por lo que pude observar, bien puedo estar equivocado (y me estaría bien empleado por escribir esto en el vuelo de vuelta, en vez de esperar y consultar Google Earth), Macao está compuesto de dos grandes cuerpos de tierra separados por una ancha lengua de mar, salvada por tres puentes modernos, imponentes, uno de ellos particularmente llamativo por ser ondulado, o una especie de serpiente en movimiento. La parte norte es la antigua ciudad colonial lusa, con sus bonitos edificios de época, que podemos ver en Goa, pero también en América Latina, y por supuesto en Lisboa, me llamó la atención que todos, absolutamente todos los carteles, rótulos, calles, letreros comerciales, todo, está escrito en portugués y chino, logrando el milagro de que uno entendiese todo, y se orientase, perfectamente, a pesar de estar en país tan remoto. Aquí, entre calles adoquinadas, farolas antiguas, comercios de época, ruinas de iglesias y fuertes late el pulso de una ciudad inequívocamente china, con sus adolescentes modernos, chicas minifalderas, comercios de comida desecada y un permanente bullicio y vitalidad. Un poco más al norte de esta zona monumental, linda la frontera con la China propiamente dicha, y aunque me hubiera gustado acercarme a fisgar, no tenía tiempo y hube de tomar un taxi para regresar al hotel.
El trayecto de vuelta me permitió observar, ya al anochecer, el contraste con la parte Sur, más moderna, y llena de neones, hoteles en construcción, torres y…..Casinos. Y es que Macao está basando su crecimiento industrial en la industria del juego, de la que es ya una de las primeras sedes mundiales, hasta el punto de ser una especie de Las Vegas oriental. Y a fe mía que van a pasar a la original, en vista de cómo se lo han tomado; de hecho, mi hotel se llamaba “The Venetian”, igualito al de la ciudad norteamericana, (es decir, un calco de Venecia, con canales, góndolas, réplica de San Marcos y del Campanile incluídos), que parece es uno de los cuatro o cinco mayores hoteles del mundo, y que es una orgía de mármol, un escándalo de papel de oto, un sin fin de habitaciones, kilómetros de moqueta……y miles y miles de puestos y máquinas habilitados para el juego. De verdad, que quien no haya estado aquí, o en Las Vegas, no puede hacerse una idea de las dimensiones que estas dependencias pueden llegar a alcanzar, siendo inabarcables con la mirada, y necesitando de largos paseos para atravesar los kilómetros de salones y pasillos. No menos lujosas y ostentosas las habitaciones, con ese estilo que, en un hotel decimonónico nos encanta, pero que en un hotel nuevo en Asia nos parece más hortera que un cerdo con un diente de oro, material cuya imitación usada de modo masivo hacía casi necesario el uso de Ray Ban al acceder a las mismas.
Como todo hotel de lujo en Asia que se precie, asimismo el Casino-Hotel Leviatán tiene una planta mastodóntica dedicada al “Shopping”, por supuesto de primerísimas marcas; y con decenas y decenas de restaurantes con comida, algunos internacional, pero la mayoría ofreciendo la deliciosa y sanísima comida china (que como ya es del dominio público no tiene nada que ver con los chinos de España). Lo más peculiar es que est zona del hotel es una reproducción del ambiente y calles venecianos, incluso el techo, que es artificial y reproduce la maravillosa luz del cielo que pintaron Tiziano y Tintoretto.
No puedo dejar de reseñar un punto que, no por menos nauseabundo, no es menos lógico: este ambiente de lujo y vicio, esta orgía del gasto y de lo lúdico, atrae inevitablemente lo lúbrico, y no es raro ver a muchas prostitutas locales, unas más recatadas o camufladas que otras, ofreciendo su servicio de masajes, especialmente a los turistas occidentales como el que escribe, y que fue abordado en varias ocasiones por altas, bajas, jóvenes, maduras, vestidas como gente de calle, o vestidas de puta putón, y en búsqueda de cliente o evidentemente recién cumplido uno. De hecho, a partir de la caída de la noche aquello más parecía un arrabal de Bangkok que un hotel de lujo, del trasiego de prostitutas, meretrices, izas, rabizas, colipoterras, busconas, golfas, putas, fulanas y pilinguis.
Y así, tras haber vuelto a pasear por las calles de una ciudad de Asia, cosa que adoro; haber comido, quizá con más exceso que moderación, exquisitos pescados, pastas, sopas y verduras; volver a sentirme abrumado por el pulso y la vitalidad de esta parte del mundo, y disfrutar del punto hortera de lo excesivo, del neón y de lo grande y rápido, escribo esto de vuelta a Delhi con un “whopper”, pequeño lujo inaccesible en Delhi, recién ventilado.
Bien, y al leer esto, te preguntarás: ¿de dónde saca este tío el título de esta entrada de su blog”? Por que a ver, vuelve a China, que le gusta, hotelazo, gastos pagados, saca tiempo para hacer un poco de turismo, come rico, y hasta le asedian las gachís de pago. Pues para aquéllos sufridos que hayais seguido este serial cierto tiempo, la respuesta es demoledora: poned todo esto en el contexto de un viaje – incentivo de empresa acompañado de 500 (sí, quinientos) indios, siendo yo, junto con otro pobre, los únicos occidentales.
No me voy a extender mucho en los detalles, miles (tantos como segundos han transcurridos en los últimos tres días) que he sufrido al lado de esta recua, manada o hatajo de cafres y vándalos que representan fidedignamente a la sociedad más nociva, irrespetuosa, grosera e ineducada que espero tener el (dis)gusto de soportar a lo largo de mi vida. Si la logística de tomar vuelos para un grupo de este tamaño es siempre difícil, con quinientos burros compitiendo por ser el primero de una fila que realmente no existe a la hora de facturar, colándose unos a otros como niñatos de preescolar (o como se llame ahora), teniendo que recibir varias llamadas de atención, a grito pelado, de la tripulación, pues deciden cambiarse de sitio cuando el avión ya está rodando en pista, y eso tras salir con retraso porque estadísticamente la mitad de ellos se confunden de asientos (algo lógico en un país donde el umbral mínimo de alfabetización sería justamente calificado de “analfabetismo” en Europa); desgana absoluta de llegar puntuales a ninguna parte o de hacer nada de un modo mínimamente correcto; desprecio total por lo que no sea propio: todas, todas las comidas tienen que ser indias, nada de comida internacional ni por supuesto chino (desayuno incluido, que es que ya los olores de lo que comen, combinado con cómo lo comen, a zarpazo limpio, ya le agrían el día a uno); además falta absoluta de respeto por las gentes del país que les acoge temporalmente: se mofaban del acento de los chinos hablando inglés, imitándolo de modo ridiculizador al más pùro estilo “Arévalo” o “Esteso” con los homosexuales (se ve que no se han oído a ellos hablando inglés, o como diría aquél, “para puta habló la Zapatones”); el olorcillo a humanidad picantilla que desprenden…… En fin, que para mí ha sido una auténtica pesadilla, de la que sólo me puede escapar cuando me fui por mi cuenta a explorar Macao, cosa que, huelga que lo diga, fui el único, el único que lo hizo. Pues ellos se dedicaban a comportarse por el Casino como el nuevo rico en el restaurante caro del pueblo, o el paleto que por única vez sale de su casa: ridiculizándose y poniéndose en evidencia sin saberlo con su falta de educación, de saber estar, sus gritos y falta de respeto hacia las otras personas y hacia los empleados…..aunque a más de uno vi muy en su salsa hablando con las masajistas, he de decir. Y entiendo que a gente que vive oprimida por una de las sociedades más hipócritas, atrasadas y conservadoras del planeta “explote” cuando las llevan al extremo contrario (hasta el punto de resultar igualmente carente de gusto y hortera), y además yo creo que les llevan aquí para que se explayen un poquito, lo de esta gente no tiene remedio, como individuos, ni como sociedad, porque lo tienen metido adentro, tan adentro, tan en su educación, en sus valores, en su sociedad y en su puñetera religión y sistema de castas, que jamás lograrán progresar.
Como veis, estoy indignado…..y os voy a contar lo que me hizo explotar, aunque os parezca una bobada y a mi no se me vaya en ello un ardite. Además de las diferentes reuniones y ponencias, y de las cenas y del espectáculo horroroso y degradante de brasileñas entre los bramidos de estos cernícalos, una de las estrellas del programa era, sin duda, la asistencia a un espectáculo de “El Circo del Sol”, que este hotel tiene como oferta lúdica permanente. Imagino que todos o casi todos hayais oido hablar de este espectáculo (o aún mejor, haberlo visto), que en realidad son varios espectáculos , cada uno basado en un concepto diferente, y todos unidos por un apabullante despliegue de medios técnicos, exquisita estética de disfraces, vestidos y objetos, magnífica composición musical (que por cierto se toca en directo), y un alarde de destreza, fuerza y sacrificio por parte de las decenas de acróbatas, funambulistas, payasos, malabaristas, trapecistas, contorsionistas y tantos y tantos otros atletas que nos recuerdan los límites que el ser humano es capaz de alcanzar y superar, basado en el trabajo, el esfuerzo y el talento. Y quizá, porque estos valores no son especialmente considerados por estos lares, este maravilloso espectáculo no gustó. Que no. Pero vamos, que al revés. Por ejemplo:
• partes de este “show” (llamado “Zaia”) hay partes clave donde el espectador debe girarse y mirar a los techos, pues hay artistas “volando” o símiles de globos, planetas etc. Se entiende que el espectador chino u occidental, pues la mayoría de los subcontinentales se quedaba mirando el escenario, no sé si por falta de interés, o por pereza congénita.
• el compañero que estaba sentado a mi izquierda, y los dos a mi derecha, se quedaron fritos durante la representación. Pero cuajados. Y eso que estábamos en la fila ocho, con un par y son cortarse un chito. Además, el que estaba a nmi derecha se puso a hacer fotos con flash hasta que le llamaron la atención con linternazo incluído por parte del acomodador. Bochornoso, más aún si tenemos n cuenta que estas tres personas tienen puestos de bastante responsabilidad en la empresa; o sea, que no son tres merluzos (a priori).
• fin de la representación. Luces encendidas del imponente auditorio. Cientos de personas salen satisfechas. ¿Cientos? No, pues hay un reducto de individuos morenos, muchos con bigote, algunos con turbantes, todos con anillos en los dedos índice y corazón, que tienen cara de salir de la última peli de Kierostami, pero sin subtítulos, o de haberse tragado el debate sobre el Estado de la Nación de Uzbekistán.
• quiero medir el pulso de la gente y probarme equivocado. Pregunto a otras tres o cuatro personas que tienen cierto crédito por mi parte, gente viajada, con perspectiva internacional. Pues sí, vaya, bueno, en fin, quiero decir, la primera media hora está bien, pero el resto se hace pesado, y si yo hubiera tenido que pagar por esto, pues estaría cabreado. Aclaro que la duración del mismo fue de aproximadamente 90 minutos, mientras que una peli de Bollywood (sí, de esas que son todo ruido, gritos histéricos, estereotipos, sobreinterpretaciones y numeritos musicales caducos) dura una media de tres horas. O un patido de cricket en formato reducido, un deporte donde uno tira la bola, otro la golpea y el resto de los equipos básicamente mira, dura mínimo cuatro horas (el cricket tradicional, cuatro o cinco…días).
Y ahí les dejé resarciéndose del tormento que hubieron de pasar, se les pasó rápido, pues nada más salir les esperaba la cena, que es lo que les gusta, especialmente cuando sólo se sirve comida india, pues de otro modo, montan la de San Quintín. Y es que no esta hecha la miel…….
junio 24, 2010 a las 8:49 pm |
Amen!
Cuantas horas te quedan?
agosto 10, 2010 a las 8:00 pm |
me encanto tu relato, pero no creas que solo los indios tienen ese comportamiento, en mexico tenemos varias etnias y zonas del pais que tienen el mismo comportamiento que describes.
espero que no te quede mucho tiempo sufriendo ese tormento
animo amigo (vele el lado positivo tienes punto de comparacion)
enero 26, 2011 a las 4:28 am |
Buen trabajo.