Ayer hice algo que ni recuerdo ya cuándo fue la última vez, pero que me trajo un montón de recuerdos de cuando era un crío. Compré una barra de pan y fui comiéndomela por la calle, a trozos que iba partiendocon la mano, empezando por el “currusco”. Lo que hace 30 años me hubiera valido una justa reprimenda de mi madre o de mi abuela (“luego no comes”, o “comer pan es de tontos”, o “es que no puedes esperar a comer en la mesa”) ahora no sólo me pareció divertido, sino que me trajo unos recuerdos entrañables de un tiempo de mi vida que ya no volverá, y de una sociedad que se nos va.
Cómo me gustaba de pequeño presentarme voluntario para ir a “hacer los recados”, armado de mi bolsa e in cluso a veces del carrito, y salir a las tiendas de al lado de casa de mi abuela. Apenas era una manzana, en el centro de Santander, pero a mí me parecía una aventura, y claro, siempre caía una propinita, o le escamoteaba a mi madre quince o veinticinco pesetas lo que siempre era una fortunita, y que acababan siendo reinvertidos en una bolsa de soldados de plástico (a diez pesetas la unidad), o en algún “click de Famóbil” (ésto era el resultado de varios recados, lógicamente). Por éso, tengo que admitir que no me gustaba nada hacer la compra sin dinero, ese concepto tan español del “fiar” (fíame que luego baja mi madre y te lo paga), pues claro, limitaba mis posibilidades de hacer hucha.
Otra ventaja de hacer los recados era el poder elegir cuál sería el contenido de la comida favorita de todo niño español hasta que han llegado las pizzas, las hamburguesas y esas cosas: el típico bocata español. Qué rico ese pan de antes, crujiente como él solo, que compraba en la panadería de la calle San José (la pobre “frentuda”, que era un clon de esa señora tan seria de la tele, que luego aprendí se llamaba Margaret Thatcher) y lo iba triscando de camino a casa, y cómo sabía a las seis en punto de la tarde…..ya fuera con chorizo, con salchichón, con chorizo pamplonica…se nos hacía la boca agua en el cole, ya a las cinco y media de la tarde, y esperando a que llegara la hora de salir y encontrarnos con nuestra madre, que siempre llevaba envuelto en papel Albal nuestro bocata. Y éso que yo prefería Reynolds, que era el patrocinador del equipo ciclista en donde militaba mi héroe entonces, Jose Luis Laguía, eterno rey de la montaña (héroe ciclista, pues mi ídolo futbolístico, entonces, ahora y por siempre, era un chavaluco paisano que triunfaba en el Real Madrid, y que hasta su retirada era el español más temido en Italia desde el Gran Capitán. Carlos Alonso, mundialmente conocido por el nombre de su pueblo, Santillana).
Que no se me olvide el bocata de chocolate (“sin piedrecitas mamá”, o sea, sin avellanas, y siempre Nestlé) para días especiales, o el de Nocilla, siempre comiendo la mitad blanca y dejando la negra intacta (y digo yo que ya les costó sacar un bote sólo con la blanca). Cómo me gustaba ir a Carriedo y que mi Tía Cuca me diera un trozo de pan, unas galletas y unas onzas de chocolate, y comerlo ahí sentado en ese banco de piedra esperando a que mi abuelo sacara la mini moto del garaje, o viendo pasar a las vacas. Y el bocata de queso con membrillo, que al final acababa siendo de membrillo sólo, pues entonces no me gustaba mucho el queso y terminaba en alguna papelera. Jamón de York, no era mi favorito, pero entraba bien, y por supuesto, de jamón serrano, que como todo embutido sabía mucho mejor con esa miga rica y ese pan tostadito y crujiente. Había innovaciones, como mantequilla con azúcar, o incluso alguno cayó de donuts, y siempre habñia algún vecino o compañero del cole que aportaba ideas nuevas, como el pan untado de margarina Tulipán (sí, esa marca que tenía el anuncio del helicóptero) como acompañante del embutido.
Esos recreos a mediodía con el bocata de media barra, lleno de chorizo barato, a quince pesetas, y que devorábamos mientras jugábamos al fútbol en un campo único donde se jugaban diez o doce partidos simultáneos, tantos como clases disfrutaban de sus treinta minutos de descanso.
A veces teníamos excursión, y nuestras madres se pegaban un buen madrugón, para hacernos el Rey de los bocatas, el reservado para días especiales, ya fueran las citadas excursiones o días de playa. Su Majestad el Bocadillo de Tortilla de Patatas. Ese clásico que sabe igual de rico recién hecho, con la tortilla desparramándose o tras haber estado envuelto varias horas, con el pan esponjoso, arrugado por el calor y con los sabores de la tortilla plenamente absorbidos. No lo valorábamos entonces como lo valoramos ahora, dábamos por hecho que nuestra madre se levantaría pronto, pelaría las patatas, herviría el aceite, batiría el huevo, y lo hacín con todo su cariño, el mismo con el que nos despedían con un beso, la seguridad de que comeríamos bien, y la típica frase “pórtate bien”.
Los años pasaron y nuestros estómaos se hicieron más recios, y nuestro gusto se abriría a nuevos bocatas, y así en los años finales del cole y en la Universidad, nos calentábamos el estómago con bocadillos de calamares (rabas en Santander), morcilla frita (de Burgos, por favor), panceta con queso, lomo con tomate, de chistorra en Sanfermines. Y estos bocadillos nos acompañaron durante años, como desayuno temprano o cena retrasada tras una noche de juerga, jugando al mus en vez de ir a clase de Internacional Público, viendo (perder) al Racing o en ese mítico bar de Astillero donde el chorizo te lo ponen al peso y donde Toño me ha prometido llevarme cuando vuelva de la India.
Y todos esos sabores, y las memorias asociadas a ellos, esos amigos del cole que ya no hemos vuelto a ver desde have veinte años, esas excursiones donde martirizábamos a los profes, esos partidos de fútbol en el parque y ese cariño con el que nuestros padres nos esperaban para llevarnos a casa no volverán, pero tampoco debemos de olvidarlos, ni cambiarlos por kebabs o hamburguesas. Y el mejor modo de recordarlos es comernos uno de ellos con nuestros mejores amigos, y eso sí, en vez de con coca cola, con un vasito de Rioja.













