En la India, el día 15 de Agosto es también festivo, pero lo que celebran es el Día de la Independencia (aunque uno piensa en más de una ocasión que quien realmente lo deberían de celebrar serían los ingleses, pero bueno), y como este año ha caído en Viernes, pues era una excusa perfecta para tomar también el Lunes libre e irse de viaje. Fuera de la India, claro (los expertos aquí recomiendan salir cada 2-3 meses de aquí), y como a L. le habían regalado un pasaje para Bangkok, huelga decir el poco margen de maniobra que había en la decisión, y más aún cuando ella nunca había estado previamente en un país asiático* ( para mí el Subcontinente viene a ser como el Sexto Continente u otro planeta del Sistema Solar).
Así que enrolados un Viernes matianal en un vuelo de la Thai, y tras casi 4 horas de vuelo, y es que las distancias en Asia son enoooooooooooormes, aterrizamos en Bangkok, y claro, cuando uno sale del desaguisado continuo que es Delhi, esa enorme turmix de caos, desorganización, porrquería, animales sueltos, y ruido, pues es difícil no sentirse gratamente sorprendido, y a gusto en cualquier lugar. Pero es que, en los dos años que han pasado desde la vez anterior que estuve en la capi de Tailandia, las cosas han avanzado lo que en un país occidental tomaría una o dos décadas, sintetizando, y simbolizando, junto a China, Malasia, por supuesto Corea, Singapur y otros el brutal y arrollador despertar del Continente que va a dominar el mundo a partir de la próxima década, tomando el relevo de Occidente tras más de dos mil años de Eurocentrismo (mirad los mapa mundis, tiene bemoles que el Continente más pequeño esté, literalmente en el centro de la Tierra, aunque bien pensado, también dice mucho del espíritu de sacrificio y superación de nuestros antepasados europeos).
Sigo. Como decía, nada más aterrizar, la Terminal ya habla del viaje en el tiempo experimentado en las citadas 4 horas escasas de vuelo. Un edificio que recuerda a un dragón, unos techos y unos pasillos que hacen palidecer a la T4, pasar el control de pasaportes en menos de dos minutos, y llegar a la cinta y…las maletas ya estaban allí. O sea, ni 15 minutos (Barajas ya puede aprender), tras lo cuál salimos a por un taxi y hacia la ciudad. Las infraestructuras de acceso a la misma pues…qué os voy a contar, es como comparar las de Carriedo (mi pueblo de origen) con las de Los Angeles, cuando uno aterriza de India. Autopistas amplias, lisas, sin animales ni peña cruzando, ni un puñetero claxon, la gente en sus carriles, y todo ésto llegando a una mega ciudad con un skyline más que incipiente y desde luego interesante. Y con esas llegamos al hotel y tuvimos le primer contacto serio con los tailandeses, y claro, otro contraste. Gente educada, sonriente, amable, con un tono de voz suave……
La primera noche fue de contacto, tras descubrir que en el restaurante japonés del hotel podías comer sin límite por 12 euros al cambio (y era bastante bueno, no sólo makis y sashimis), nos fuimos a una fiesta Ballantine´s, que es el modo mejor de empezar un Viernes noche. Nos encontramos en la puerta con Jeff, un americano de Arizona que lleva 10 años alli y es el Director de Marketing en Tailandia, y nos enseñó el tinglado, que en nada desmerecía los que mi camarada Nano monta en España – de entrada, la gente era moderna, (mucho gafapasta), súpermoderna, guapísima, gente joven, la música con DJ´s…. era un poco como una imagen estereotipada de una disco de Tokyo. En medio del local, un ring de boxeo dedicado al espéctaculo, centrado en el deporte nacional : el kick boxing. Tras el correspondiente show de patadas y puñetazos, todo amañado, claro, salieron a la cabina una pareja de DJ´s de Japón bastante entregados a la causa, y entre ritmos, modernitos, luces y copas, y tras ir a alguna otra discoteca de las que no habrá nunca en Delhi, la noche avanzó y dimos por cerrado el primer día (videos de la fiesta en Youtube, Chavaluco en la India).
Nos llamó mucho la atención, entre los múltiples turistas (la mayoría españoles, por cierto, con el característico mal gusto, peor saber estar, nula educación y cero conocimiento de idiomas de la mayoría de nuestros compatriotas), que había un número enorme de parejas en donde “ella” le sacaba un buen trecho a “él”, y de aquí decidimos bautizarlo como el “Efecto Sarko”, que parece haber puesto de moda lo que antes ya habían practicado Napoleón, Picasso y Mick Jagger, y que desde luego, a los que apenas pasamos el metro setenta, nos llena de orgullo. Así que aunque sólo sea por la mera reivindicación, ¡ aúpa Sarkozy!
El resto de los días los dedicamos a disfrutar de la ciudad, sus templos, su río, su comida, la amabilidad de la gente, sudar la humedad, hacer deporte, visitar el Japo del hotel otras 5 veces, ser sorprendidos por un monzón en la calle, inflarnos a pescado, comprar bobadas en los mercados a 4 perras e incluso cenarme un solomillo (cosa rara en mí) Pero sobre todo, a descansar y relajarnos en un sitio civilizado, coño, que el Martes a las 7 de la mañana volvíamos a la rutina, a la oficina, al jaleo y la desorganización. Pero bueno, ni tan mal, que también tiene su aquél, como por ejemplo, volver a ir al Este, que en 5 días vuelo a Honk Kong…..
* no puedo sino recomendar enormemente a quienes no hayan viajado a Asia a que lo dejen todo y vayan a cualquier país cuyos habitantes tengan los ojos rasgados. Es una experiencia fascinante.







