Como todo país, la India tiene sus propios usos y costumbres, que hay que respetar . Muchos vienen en las diferentes guías o libros, pero hay otros, más cotidianos, que se aprenden sobre la marcha, algunos de los cuáles paso a enumerar para facilitar la inmersión a eventuales visitantes.
- En las ciudades, mucha gente habla inglés, y entre las capas sociales más avanzadas, el nivel es muy alto, siendo en muchos casos la lengua que usan para comunicarse entre ellos, debido a la existencia de decenas de dialectos. Lo que pasa es que hay que acostumbrarse al acento y a la dicción. Los dos casos más importantes son la imposibilidad de pronunciar la “erre” fuerte y sobre todo la confusión entre la “be” y la “uve doble”. Así, por ejemplo, “we” lo pronuncian “bi”, o no dicen “correct” sino “corect”
- Aunque el sistema decimal está en pleno uso, ala hora de contar no siguen la escala basada en miles y sus múltiplos, sino que tiene sus propias medidas: el “lac” y el “crore”, siendo el primero 100,000 (cinco ceros) y el segundo 10,000,000 (siete), lo que es un jaleo, porque cuando te dicen “un lac” ya sabes que son cien mil, pero cuando te dicen “siete lacs y medio”, ya estás tirando de calculadora. Y esto aplica también a la comita, que no ponen cada tres números, sino cada cinco…..
- Mucho ojo a la hora de abrir las botellas de agua mineral. Están llenas hasta el mismísimo borde, lo que inevitablemente conduce a empaparse la camisa. Este consejo ahorra muchos lamparones.
- En las presentaciones, la gran mayoría de la gente de la mano “blanda”, es decir, inerte y sin fuerza. Yo recomiendo seguir la tendencia y competir en flacidez manual, es más descansado y probablemente más educado que hacer algo de fuerza.
- Podemos pensar en numerosas situaciones donde hay multiplicidad de gente para una misma función. Por ejemplo, el otro día, bajando del avión, conté trece personas, todos con sus petos fluorescentes, al pie de la escalerilla, y cuya única función aparente era dar los buenos días . Las porterías tienen a tres o cuatro personas por turno, y las compañías eléctricas , de gas, telefónica etc mandan a sus agentes por parejas, como la Mafia y la Guardia Civil. La explicación que yo me he hecho es que es un modo de repartir trabajo. Eso sí, todos con sus uniformes, que aquí eso se estila mucho.
- Otra afición nacional son los sellos; no me refiero a la filatelia, sino a estampar todo “para que conste”. Muy importante, la mecánica del Súper. Uno paga en la caja y se lleva sus bolsas con su comprobante, pero justo en la puerta de salida a la calle, hay dos uniformados (me remito al punto anterior) cuya función es pedirte el comprobante y estamparlo . Tendría lógica si comprobasen que el comprobante coincide con el contenido de la bolsa, pero no es así. Teniendo en cuenta que aquí no hay detectores o alarmas de robo como en el Carrefour, mi picaresca latina ya ha pensado la mecánica correspondiente de hurto, que desde luego no pienso ejecutar. Lo gracioso es que plantan en el recibo el mismo sello dos veces, igual es que el primo del Director tiene una empresa de almohadillas de tinta.
- Muchas veces el juego del sello se combina con la mecánica de la cola. Básicamente, aquí el que aguanta una cola es tonto, porque para qué esperar si uno puede entrar antes, ¿no?. El mejor entrenamiento es el de los ascensores; aunque uno esté el primero y antes que nadie, en el mismo momento de abrirse las puertas, el resto de los parroquianos van a adelantarte por el interior y cerrarte para entrar antes, y desde luego sin preocuparse lo más mínimo de evitar la colisión frontal con quienes pretenden salir del elevador. Así que tras ver varias salidas de Fernando Alonso, comparto mi primera pista: hay que usar la estrategia y el físico. Así que ahora soy yo el que se esconde en la parte trasera de la cola, y en cuanto se va a abrir la puerta, y valiendo de la generalmente mayor corpulencia europea, bloqueo la progresión de mis rivales entrando por las bandas. No falla.
- Los aeropuertos tienen su propia mecánica, que es necesario conocer a fondo. Pongamos por ejemplo un vuelo internacional, en donde uno llega con su maleta y su mochila de mano (bolso en el caso de ellas). Una vez que el taxi logra dejarte a menos de 30 metros de la puerta (a menos es imposible en hora punta, salvo que uno vaya en un tanque Merkava abriendo fuego contra el pitote de vehículos y animales), tiene que superar la primera cola , el acceso a la Terminal, donde varios militares, con su traje khaki, su boina y su metralletón te piden el billete (pista 2 – si uno tiene billete electrónico, cosa sumamente innovadora aquí, ay que llevar copia impresa en papel o no entras), tras lo cuál hay que buscar unos scanner donde hay que meter las maletas que se vayan a facturar, para su visionado por Rayos X. Una vez más nos encontramos con señoras que se pretenden colar y varios uniformaditos que intentan ayudarte a colocar o recoger la maleta (suele ser más rápido hacerlo uno mismo). Conseguida la pegatina que certifica que puedes facturar el bulto, crúzate otra vez el aeropuerto hasta los mostradores de facturación, que guardan el mismo orden y concierto que el graderío de las peñas taurinas de San Fermín. Casi más importante que la tarjeta de embarque es colocar una etiqueta identificativa en el equipaje de mano, cuyo objetivo no es localizar al dueño en caso de pérdida, sino franquear un posterior control, como veremos. Superada esta nueva cola, queda la peor. Inmigración. Tranquilamente uno puede estar una hora y media de pie esperando a que le llegue su turno de enseñar el pasaporte, poner carita de bueno, y que, por supuesto, te pongan los sellitos correspondientes. Esta cola hace de embudo, pero desgraciadamente no evita la siguiente fase de lo que parece ser un videojuego cruel: el arco de seguridad, que aquí hace un efecto estético, pues uno lo cruza para que acto seguido un agente pase, pasajero a pasajero, un detector manual, momento en el que alguno ha aprovechado para “rozarme” algo más de la cuenta, o eso sospecho.En esta prueba, es asimismo sustancial llevar el “boarding pass” en la mano, pues el mismo guarda que te pasa el detector (y ocasionalmente te acaricia el culete), con un prodigioso cambio de muñeca, te planta un nuevo sello, esta vez en la tarjeta de embarque, tras lo cuál hay que saltar rápidamente del cajón donde se ha ejecutado este control y recoger la bolsa de la cinta, que previsiblemente estará rodeada de decenas de pasajeros ya tan agotados físicamente como en su paciencia. Y aquí la pista básica a recordar, y juro que es totalmente cierto, es otro sello más, el que estampa un policía dedicado en cuerpo y alma a certificar en la etiqueta identificativa (recordad el momento de la facturación) que la mochila o bolso es inofensiva. Hasta ahora, desde el momento de la llegada al aeropuerto habrán pasado unas 3 horas. Suponiendo, lo que es mucho suponer, que el vuelo salga en hora, queda el momento final. Como en los buenos videojuegos, y en la serie “24”, hasta que no se acaba todo de verdad, uno sabe que le espera otra situación que termina de poner a prueba el temple. El embarque, en donde se puede y debe aplicar lo aprendido en los ascensores, (salvo que uno vaya en Preferente o le de igual entrar el último por no llevar bolsa de mano y no necesitar estibarla en los compartimentos superiores) requiere entregar a la azafata el boarding pass sellado por el guarda de los rayos X y además enseñar a un nuevo guardia el sello que demuestra que la bolsa pasó la prueba antes descrita. Como a estas alturas los sellos ya están semiborrosos, lo importante es que se vea el manchurrón de tinta, siendo indiferente que el tampón sea de Micky Mouse o del Indira Gandhi Airport. Eso sí, sin sello, no se entra en el avión. Ocasionalmente, hacen un control adicional en el finger, meramente cualitativo, o sea, que hay un par de colegas que deciden que tienen que abrirte otra vez la bolsa, y cachearte (sobarte) otra vez. En una de éstas me quitaron las cerillas, aduciendo que no estaban permitidas, lo que me ha hecho dudar de si los rayos X del control de equipajes funcionan o no. Esto de los aeropuertos parece complicado, pero no lo es. Sólo hay que ir con mínimo tres horas de antelación, y paciencia. Tras hacerlo dos ó tres veces, ya salecomo un automatismo.
- Cualquier solicitud o instancia, ya sea oficial o para comprar cualquier cosa, requiere hacerse como mínimo por cuadruplicado. En ocasiones, hay suerte y la trasera del documento tiene un calco (sí, tipo los boletos antiguos de las quinielas), pero en otras, hay que repetir el mismo rollo cinco veces. La mejor pregunta de todas es que hay que rellenar el nombre del padre (o del esposo en el caso de ellas), independientemente de la edad que uno tenga.
- Finalmente, el tráfico, el jaleo, el ruido y la gente. Lo más llamativo es la falta de silencio. Es imposible que no haya ruido de fondo en cada momento. Uno se acostumbra, pero es lo que hay. Los claxons de los coches, las múltiples obras, simplemente las miles y miles de personas que hay por todas las calles, músicas imposibles saliendo de las tiendas, perros ladrando…en fin
Si has llegado hasta el final, sólo me queda un punto : a pesar de lo anterior, todas estas situaciones se afrontan con el buen espíritu que la gente de aquí transmite, siempre con una sonrisa, y un respeto exquisito. El truco es involucrarse en estas situaciones con educación, mirada cínica y ganas de pasarlo bien. Con sus defectos y virtudes, la India es un país para disfrutar.
